Ayer fue el cumpleaños de mi abuelo. Hoy estaría cumpliendo ya 78 años. He pensado en escribir sobre él y también su relación como cabeza de la familia, amante y defensor de esta institución. Voy a empezar por describir algunos detalles que recuerdo de mi niñez y otros datos que he recolectado a lo largo de la vida.
Recuerdo a mi abuelo como un hombre alto, medio pelado, con una nariz característica y muy limpio. Tenía ese típico olor a abuelo de la que estoy seguro muchos recuerdan y un sentido de la honradez y justicia que lo caracterizaba.
Los primeros dos años de mi vida los viví en la casa de mis abuelos, razón por la cual siento un gran apego aún a ese lugar hasta el día de hoy y que en reiteradas oportunidades tengo la necesidad de visitar cada vez que tengo problemas personales. Hay ciertos objetos de mi niñez que me lo recuerdan, como por ejemplo, un bolso color café que traía cuando volvía de trabajar, yo corría hasta la entrada de la casa para recibirlo con un abrazo y me regalaba un alfajor. Me acuerdo de la cajita amarilla llena de pastillas de la que se quejaba siempre, pero que como un ritual, abría con increíble puntualidad para cada pastilla. Sus anteojos, grandes, toscos y viejos. El tablero de ajedrez con el que jugamos una vez. El whisky que me convido una vez en el jardín de la casa. El reloj a cuerda alemán de plata de su propio abuelo que me regaló antes de morir, que todavía funciona hasta el día de hoy y conservo como único memento.
Me hacía muy feliz verlo cada vez que iba de visita con mis padres y siempre que nos reuníamos se sentaba en la cabecera de la mesa. Era él quien siempre nos reunía segundos antes de cada año nuevo para contar de diez hasta cero.
Una de las cosas que más disfruto rememorar es como le decía a mi abuela “te amo”, como la tomaba de las manos y le daba un beso. Actos como esos son los que tocan a una persona de una forma increíble y se graban con fuego para luego tomarlo como el ejemplo perfecto de lo que significa el amor verdadero.
Hoy en día nos sentimos algo perdidos sin él. Sin duda fue un gran golpe para todos nosotros haberlo perdido tan pronto.
Te quiero y te extraño mucho abuelo.
Recuerdo a mi abuelo como un hombre alto, medio pelado, con una nariz característica y muy limpio. Tenía ese típico olor a abuelo de la que estoy seguro muchos recuerdan y un sentido de la honradez y justicia que lo caracterizaba.
Los primeros dos años de mi vida los viví en la casa de mis abuelos, razón por la cual siento un gran apego aún a ese lugar hasta el día de hoy y que en reiteradas oportunidades tengo la necesidad de visitar cada vez que tengo problemas personales. Hay ciertos objetos de mi niñez que me lo recuerdan, como por ejemplo, un bolso color café que traía cuando volvía de trabajar, yo corría hasta la entrada de la casa para recibirlo con un abrazo y me regalaba un alfajor. Me acuerdo de la cajita amarilla llena de pastillas de la que se quejaba siempre, pero que como un ritual, abría con increíble puntualidad para cada pastilla. Sus anteojos, grandes, toscos y viejos. El tablero de ajedrez con el que jugamos una vez. El whisky que me convido una vez en el jardín de la casa. El reloj a cuerda alemán de plata de su propio abuelo que me regaló antes de morir, que todavía funciona hasta el día de hoy y conservo como único memento.
Me hacía muy feliz verlo cada vez que iba de visita con mis padres y siempre que nos reuníamos se sentaba en la cabecera de la mesa. Era él quien siempre nos reunía segundos antes de cada año nuevo para contar de diez hasta cero.
Una de las cosas que más disfruto rememorar es como le decía a mi abuela “te amo”, como la tomaba de las manos y le daba un beso. Actos como esos son los que tocan a una persona de una forma increíble y se graban con fuego para luego tomarlo como el ejemplo perfecto de lo que significa el amor verdadero.
Hoy en día nos sentimos algo perdidos sin él. Sin duda fue un gran golpe para todos nosotros haberlo perdido tan pronto.
Te quiero y te extraño mucho abuelo.
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